…tengo un mundo de palabras atoradas en el pecho…

Profundo, vacío.

Estúpido, frustrante, traicionero, asfixiante.

Triste, amargo, doloroso, aplastante.

Obscuro, húmedo, envolvente.

Revelador, consejero.

Tranquilizante, envolvente.

Hermoso, necesario, sanador silencio.

Balance 2021

Este año tiene tantos adjetivos, que me será difícil describirlo.

Para entender el contexto, si es que mi memoria me fallara alguna vez, este es el segundo año de una pandemia que nos revolucionó, nos encerró, nos obligó a enfrentarnos a nuestros demonios.

Dos mil veintiuno comenzó con una herencia de poco más de un millón de muertos “oficiales”, más una cifra impensable de los no registrados como COVID.

A mi, el inicio de este año me sorprendió con la pérdida de una gran amiga con quién no tengo más que hermosos recuerdos y un agradecimiento infinito por haber estado conmigo en algunos de los peores y mejores momentos de mi vida.

Su pérdida aún duele y se que así será durante mucho tiempo, no sólo para mí.

Los meses subsecuentes fueron un atropello de decisiones y situaciones que, de haber tenido poco de sentido común (que suele ser el menos común de todos), habrían sido predecibles, al menos parcialmente, pero ¿quién soy yo para evitar los riesgos?

Algunos se fueron y dejaron vacíos y otros simplemente dejaron un espacio donde caben otras personas, otras voces, otros muebles… otras manos.

Hice un viaje que casi podría decir que me cambió la vida y me sorprendí asombrada descubriendo lugares, bebiendo y comiendo cosas por primera vez, tomando fotos y videos de pequeños momentos, de esos que nos moldean la vida sin que nos demos cuenta.

Ha sido un año duro, intenso, gris, muchas tristezas viejas y apenas algunas letras, sí. Pero también fue un año de muchos kilómetros, muchos lugares nuevos, de mucha pasión, de harto amor en todas sus formas, fue un año de familia -heredada y elegida-, de comienzos, de esperanza… Esa es la que debe mantenernos vivos y no viceversa.

Por un dos mil veintidós lleno de eso, de esperanza. ¡Salud!

Hoy, en lugar de limpiar la casa del polvo, decidí hacer limpieza de contactos y conversaciones por WhatsApp. Cabe mencionar que nunca borro mis conversaciones porque lo considero innecesario (a pesar de que alguna vez cierto personaje tóxico las revisara).

El punto es que por mucho espacio que tengas en el cel, no hay forma de que haya espacio para tantos años de conversaciones.

En el proceso, encontré miles de cosas, palabras y personas con las que tuve sólo un breve contacto y muchas con varios años sin palabras nuevas.

Sin embargo, encontré una que creí perdida y alude a un día como hoy, sentada en un bar de la zona rosa con la persona más explosiva que había conocido hasta entonces, congelándonos e intentando ignorar los mensajes de la familia preocupada por que cada quien llegara a cenar con los suyos, antes de la media noche.

Esa misma conversación me hizo escuchar esta canción por primera vez, cuando me la mandó en una noche de insomnio parisino, platicando conmigo en lugar de evitar desvelarse para aguantar Versalles y a su esposa al día siguiente.

No daré detalles, pero la coincidencia me hizo pensar en esa tarde helada, en un disco que aún conservo, y en un iPod que le regalé, con lo que yo solía escuchar en aquel momento y sobre todo en París, que para mí siempre tendrá un sabor un tanto agridulce.

Hoy esto es lo que me acompaña esta tarde de viernes, a punto de terminar este fatídico año.

No quiero ser tu nada

Quiero que vuelvas a salir con tus amigos. Aquellos con los que hace tiempo dejaste de quedar y que me cuentes cómo era su amistad antes de ser cantantes o jefes de familia. Y descubrir una vez más que esta ciudad es un grano de arroz con gente que tenemos en común.

Quiero comer contigo, que me hagas hablar sobre mí misma y que tú hables sobre ti. Quiero que discutamos sobre cuál fue mejor, si el norte o el sur de Italia, o las tapas de Sevilla o de Madrid. Quiero imaginar el lugar donde nos encantaría vivir, aun sabiendo que probablemente nunca vivamos juntos. Quiero que me cuentes tus planes, esos que no tienen ni pies ni cabeza. Quiero sorprenderte diciendo: “toma tu pasaporte, que nos vamos mañana”.

Quiero tener miedo contigo. Hacer cosas que no haría con nadie más, porque contigo me siento segura. Llegar un día a tu casa medio borracha después de una buena noche con amigos para que me regañes por enésima vez, me beses y me abraces muy fuerte por la noche.

Quiero que tengas tu vida, para que decidas irte de viaje unos días por puro capricho. Para que me dejes aquí, sola y aburrida, esperando un mensaje o tu reporte en Facebook explicando qué hiciste y equivocándote de mar, como aquel día en Sorrento.

No quiero que siempre me invites a tus fiestas, y no quiero invitarte siempre a las mías. Así, puedo contarte cómo fue la noche y tú puedes contarme la tuya.

Quiero que me dejes andar por delante de ti para que puedas verme el trasero y que me digas cosas al oído que me hagan tener ganas de volver a la cama.

Quiero algo que sea simple y, a la vez, complicado. Algo que haga que, a menudo, me haga preguntas a mí misma.

Quiero que pienses que soy guapa, que estés orgulloso de estar conmigo, aunque nadie más lo sepa.

Quiero que me digas te quiero y, sobre todo, poder decírtelo yo a ti.

Quiero hacer planes sin saber si al final los realizaremos. Estar en una relación que nadie más pueda llamar así. Quiero ser esa amiga con la que adoras quedar.

Quiero ser esa a la que le haces el amor y después te quedas dormido. La que te deja en paz cuando estás trabajando y a la que le encanta cuando te pierdes hablando de tu música. Quiero tener vida de soltera contigo. Porque nuestra vida de pareja sería igual que ahora, con las etiquetas que a ti te hagan falta.

Crisis de palabras

Qué fácil es hablar ahora conmigo.

Ahora que no grito, que pienso antes de hablar, ahora que escucho más de lo que hablo y tomo la empatía como bandera.

No siempre fui esta calma y algunas veces que no sé si son pocas, extraño el huracán y los berrinches, las noches de bohemia de los lunes, amanecer tan loca de palabras, que la noche no me era suficiente para llenar de textos los cuadernos.

La calma no hace migas con mi pluma y quizás en el fondo, eso es lo que me duele…

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No quiero nada contigo

¿Qué qué quiero contigo?

Que me cuentes tus miedos más profundos, platicar hasta el alba alguna noche, tal vez incluso hartarme de tus besos, que te aburras de mi si eso es posible para retarme a renovarme a diario, que me quites el velo de guerrera y descubras la ingenuidad tardía de mis pasiones. Que te olvides de todo al abrazarme, que recuerdes tu infancia, que lleves la pasión más allá de los límites del sexo, que aprendas a vivir con mis demonios sin intentar domarlos.

Qué un día, sin darte cuenta, me tomes de la mano a pesar de la gente y no quieras soltarme

Días grises

Hay días en que soy mi mejor versión, la que escucha atentamente y sin juzgar, quien reconoce sus propios demonios en el pecho ajeno, la paciencia hecha persona, la mujer, ansiosa de te quieros más sinceros, la niña curioseando entre rincones, la madre que se sabe realizada, hija ejemplar y amante apasionada.

Pero hay otros días en que soy sólo un cúmulo de dudas y fracasos, frustraciones fugaces que se vuelven perennes, resentimientos viejos y oxidados, recuerdos que me amargan el café, palabras desgastadas a distancia y poemas luctuosos.

De esos días rescátame en silencio.

Comodidad

No me pidas que me siente a explicarte el porqué de mis dudas… que si en verdad te quiero o si tu cuerpo es mío.
No podría explicarte porqué extraño tus besos cuando estas a mi lado, porqué esta soledad a la que me condenas cuando llega la noche me mata poco a poco, me arranca los suspiros, me quita las palabras y me lleva al vacío.

Sin embargo quizá lo supe siempre… Que te quedarías en donde estabas cómodo, en el sitio al que puedes regresar con la cabeza baja; a donde las palabras suenan huecas pero estables, donde hace mucho que el olor de hogar es imitado, en el que siempre hay unas manos dispuestas a abrazarte y oídos disponibles a tus quejas.

Saberte en otros brazos no me causa delirio, sin embargo tu ausencia me calcina, tu indiferencia hace explotar mis miedos más profundos, y no puedo pedirte más tiempo en mi camino.
Por favor, libérame del yugo de tu cuerpo en mi cama, aléjame de ti y de tus futuros que ya no son más nuestros. Suéltame las amarras y comprende al final que nuestra historia no es más aquel relato de princesas y magos, y así podré crear mis realidades, con fragmentos de dramas de Buñuel y ritmos inventados.

Baul de regalos

Tengo una bolsita con recuerdos malos, con algunas heridas que no han cicatrizado, con las palabras que nos hirieron, con la imagen clara de la despedida.

Pero también tengo un baul sin fondo con nuestras sonrisas, con los días tontos, con los lunes siempre a prisa y los domingos de caricias, sin poder despegar mis labios de tu cuerpo. Está lleno de palabras indecentes y omitidas, de flores sin motivo, de cenas de aniversario, del movimiento de mis manos que no pueden olvidarte, de planes, de viajes, de un nosotros que no suelto, de un quizá que atesoro entre el sueño y la memoria, de conciertos y canciones, de veladas en la playa, de unas fotos viejas en un aeropuerto, de un adiós al qué nunca accedimos, del silencio qué llena los vacíos. Tengo un baul de te quieros que no he dicho, de deseos, de un mar de dudas y un agujero negro de promesas que no se si nos hicimos en pasado o en futuro. De nostalgias invernales, de textos insomnes, de un adiós frustrado, de palabras planas siempre a la distancia y por lo tanto inciertas, de trozos de historia, de alma, de años, de un yo apabullante y un tu reprimido, inconforme y hueco que hizo que de un nosotros no fuera perenne.

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